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Lo que señala el norte (primer capítulo)

Dolores

El primer paso te pone en el camino; el segundo, si no tienes cuidado, te saca de él.

Dolores era una viuda que vivía dos casas más allá de la mía, en la dirección donde la calle empieza a caer en pendiente por una quincena de metros hasta recuperar un nivel cómodo para estar de pie poco antes de llegar al final. Entre su patio y el de mi casa estaba el de José y Carmela, un matrimonio tan dispar en sus personalidades como en su apariencia. Dolores era una mujer menuda, reducida, desgastada por una vida larga de trabajo y sinsabores. No tuvo hijos, las pocas veces que hablaba de ese deseo que Dios le ignoró, se notaba el dolor sudándole las palabras y cambiaba el tema de la charla. Cuando la conversación iba sobre los hijos de las otras, enmudecía, se encallaba, y dejaba el cuerpo atrás mientras ella se iba, quién sabe si a un mundo donde sí los tuvo. Allí se entretenía, quizá, en cambiarles los pañales, en amamantarlos, limpiarles las rodillas raspadas o peinarles con saliva los tercos remolinos de sus cabezas. Cuando regresaba a este mundo árido, lo hacía con un suspiro largo, un suspiro de nostalgia, de desencanto, y continuaba en su rutina con una sombra en el rostro que se iría debilitando con las horas y que nunca se le acabaría de perder.

Era Dolores amable con los niños de los demás, y cariñosa, la mayoría de las veces protectora, siempre generosa… Descargaba en todos esa maternidad virgen suya con cierto aroma de alcanfor, de madera añeja. No le faltaban en los bolsillos caramelos que compraran la caricia que se dejaban dar los chiquillos a cambio de la chuchería. Sonreía Dolores un instante y era la sonrisa de la curvatura perfecta, de la apertura idónea para enseñar los dientes alegres mientras tenía al niño entre los brazos. Al escapársele este con su regalo, ella volvía al gris de siempre sabiendo que todo fue una farsa, un frío intercambio comercial, una sutil y dulce prostitución. Miraba Dolores partir al crío con el regalo igual que alguien despide al amor de su vida en un andén: parada, con la vista fija en lo que se aleja, evocando los momentos en los que estuvieron juntos. El ser amado se va a un futuro que no es el del que se queda; los momentos que vivieron se alejan en dirección opuesta, al pasado; los dos se van haciendo pequeños, igual de distantes, inalcanzables el uno para el otro; y ella se quedaba allí, vacía, como si temiera dar un paso, pues ese paso, lo diera en la dirección que fuera, siempre la llevaría hacia su triste y dolorosa soledad.

Su marido, que habitó la misma pesadumbre que ella, fue para la mujer apoyo y refugio. Al morir él, ella vistió de luto riguroso y perpetuo. El delantal, la única prenda que no alcanzaba la profundidad de un pozo en la noche, estaba formado por una trama de pequeños cuadritos negros y grises que a poca distancia hacía resbalar los ojos. Los bolsillos rompían la uniformidad del mandil al cambiar la orientación del dibujo, acrecentando ese efecto de vibración que mareaba la vista. El pelo, blanco ya en su mayoría, siempre andaba tapado por un pañuelo atado a la barbilla o a la nuca, según la tarea que estuviera haciendo Dolores. A primera vista, incluso para aquel que no la conociera como yo, quedaba claro que en el negro de su ropa, más que la exposición de un luto, llevaba el tormento de una soledad impuesta.

Aquella mujer, sin abrir la boca ni hacer nada, inspiraba un suave sentimiento de lástima que crecía cuando hablaba, pues en cada una de sus frases andaba la sombra de sus pesares y el nombre de su esposo muerto. 

Tenía su voz un eco particular, una reverberación musical, un timbre que sonaba a coro, como si no hablara una sola persona cuando ella lo hacía. En sus años más jóvenes, cuando no vivía aún en esa cruel y absoluta tristeza y era capaz de reír, sonaba su garganta como un canto de alegría múltiple. Cuando te saludaba por las mañanas era como si te saludara a coro un montón de gente; un montón de gente menuda pues era su voz tirando a aguda, a celestial. Pero ahora se había perdido esa voz, había menos gente en esa garganta. Apenas llegaba ya a cuarteto, a veces no pasaba de un trío. Los años y la indefectible muerte habían acabado con el numeroso grupo de cantantes que antaño vivieron en su garganta. Un día que contaba las tareas de su cotidianeidad, me pareció su voz más solitaria y tenía la mustia letanía de un rezo de beatas. Supe que no era la edad y la muerte natural la que iba mermando ese coro, supe entonces que Dolores, de forma soterrada, se estaba suicidando. Deseaba la mujer acabar con el tormento de aquella vida sin aliciente, pero, por la convicción del castigo que supondría un suicidio en su fe, seguía esperando paciente la única certeza que hay en la existencia y pedía en cada palabra que llegara el fin de sus días, pues el solo deseo de morir no parecía ser suficiente para lograrlo. 

Tuve claro eso, tanto, que no podía aceptar que nadie lo viera de una forma tan evidente como yo lo veía. Ahora que supe que lo único que movía a Dolores era la desgana, empecé a sufrir con ella cada aliento que daba, cada suspiro, cada paso que no era más que un arrastre de pies. El negro de su ropa no era un luto, sino un llamamiento a la noche eterna y el dibujo del delantal, que parecía vibrar al mirarlo, era un intento de Dolores de borrarse, de desintegrarse; cada exhalación era una esperanza que se quebraba al seguir los pulmones llenándose de aire otra vez. Empecé por aquel tiempo a experimentar su dolor como propio, como si a ratos viviera yo en su cuerpo. Si abrazaba a mis hijos y sentía yo el calor de sus cuerpos, el abandono completo a la alegría que supone tal abrazo, entonces medía en negativo ese sentimiento, trataba de imaginar no haberlo sentido nunca y me ahogaba en la vida negra que era la de Dolores. A partir de entonces todas las noches me sentí culpable del contacto con mi esposa, como si no hubiera nada más injusto en el mundo que a mí me hubieran concedido el calor de la compañía y a ella, sin tener ningún pecado que redimir, se le negara tal consuelo. Hasta en mis hombros empecé a sufrir esa carga, esa pesadumbre que se me hacía enorme, titánica, y me dolía como un nudo en el pecho imaginar a Dolores con el mismo peso a cuestas. Los viejos huesos a un poco de quebrarse, las venas como gastadas cañerías que no soportan más presión; la piel seca, que lo encerraba todo, cuarteada de arrugas, de surcos, de puras cicatrices. Descifré la conexión de cuerpo y alma, la dualidad, la inconstante relación que hay entre ellos. Dolores no quería ya vivir, pero el cuerpo sí y se resistía a morir, y se alimentaba cuando ella no quería, y sanaba de cualquier enfermedad, y respiraba y la obligaba a ver y a sentir y a envidiar todo lo que había en este mundo, ya fuera la vida o la muerte, y sentí claramente a Dolores gritando en esa cárcel y pidiendo ayuda, solicitando misericordia, queriendo acabar con su infierno.

Lo vi tan claro, lo sufría yo tan claro, que supe que sería una obra de misericordia y no un crimen acabar con su vida. La justicia de los hombres, que es ciega, nunca me perdonaría ese acto, y la de los dioses, que siempre fue inexistente, no me asustaba. En los paseos que daba cuando las tardes aflojaban sus fuerzas, empecé a elaborar los pasos que calmarían mi obsesión y las penurias de Dolores. Volvería por fin yo a dormir tranquilo y ella quedaría libre de su condena.

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