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Diario de una superviviente (capítulos I y II)

CAPÍTULO UNO

EL INICIO DEL CAOS

Abro los ojos y miro a mi alrededor. Sigo estando en este lugar abandonado que, por supuesto, no es mi casa. Cada noche me acuesto en un lugar diferente y cada día despierto deseando que todo esto sea un sueño o, mejor dicho, una pesadilla. Seguro que se preguntarán de qué demonios estoy hablando, por qué no duermo en mi casa, por qué sueno tan pesimista, o incluso quién soy. Bien, soy una chica de dieciséis años que vive sola en este jodido sitio triste y pútrido. Pero supongo que esto no es muy revelador, así que empezaré por el principio.

Todo empezó en Chicago, cuando un científico, si es que se le puede llamar así, mezcló unos componentes raros ―no soy de Ciencias― en su laboratorio y metió la pata, pero hasta el fondo. Sí, porque creó un virus que se expandió por media ciudad y, después, desapareció como si nunca hubiese existido. Nadie se dio cuenta de nada, no hasta que todo el mundo empezó a caer enfermo con los síntomas de una gripe común. Entonces el primero murió y todo el mundo se alarmó. Pronto fueron muriendo uno a uno los enfermos que habían llenado el Cook County Hospital y la gente se preocupó aún más. Yo no era uno de ellos. Por aquel entonces yo sólo era una chica preocupada por sacar buenas notas en el instituto y por si algún chico guapo me invitaba al baile de primavera. Además, mis padres se encargaban de quitarle importancia al asunto cuando estaban conmigo. Vivía en una bonita casa, grande y acogedora, con mis padres y mi hermana pequeña, que tenía cinco años. La adoraba, siempre deseaba volver a casa para jugar con ella a lo que se le antojara, incluso la dejaba maquillarme, y eso ya decía mucho de cuánto la quería porque yo odio y odiaba el maquillaje, siempre vestí con camisas anchas y pantalones, zapatos tipo Converse y el pelo según me viniera mejor. Y eso me ha ayudado en la situación actual.

Bueno, que me estoy yendo por las ramas, lo que vino luego fue lo que dejó a la gente acojonada. Los muertos despertaban poco después, pero no como si hubiesen estado dormidos, no: estaban pálidos, casi amarillentos, y sus miradas parecían idas. Además tenían un aspecto de lo que habían sido antes de morir: enfermos. La plaga se fue expandiendo porque estos curiosos seres que habían vuelto a la vida eran, como ya se habrán imaginado, zombis, y no vean qué hambre tienen. Los muy cabrones consiguieron acabar con la mitad de la población viva de Chicago en menos de una semana. Los que sobrevivieron se marcharon de aquí. Ahora que han pasado tres meses se podrán hacer una idea de cómo es esto. Chicago es una ciudad fantasma, y esta enfermedad que parecía haber desaparecido se expandió a base de mordiscos por todo Estados Unidos. Pero después de todo este rollo que les he soltado todavía no saben por qué vivo sola, aunque imagino que habrán deducido la razón.

Sí, los zombis. Yo acababa de llegar a casa, corriendo, había cundido el pánico en mi instituto. Cuando entré, mi hermanita y mi madre lloraban mientras que mi padre apuntaba a la puerta con un fusil M16 en las manos ―era un recuerdo de familia, mi abuelo había luchado en la guerra de Vietnam―, apuntando a la puerta. Me llevé un gran susto al verlo allí casi apretando el gatillo. Había estado a punto de matarme, aunque tal vez habría sido mejor eso… Bueno, cerré la puerta, pero los zombis la tiraron abajo. Y nosotros corrimos hacia la puerta trasera y salimos al jardín de atrás, pero allí había más zombis. Unos muertos vivientes de esos rodearon a mi padre y mi madre decidió ir a ayudarlo mientras me gritaba que me fuera con mi hermanita. Lo siguiente fue tan horrible que aún me dan ganas de vomitar al recordarlo. Mis padres no fueron mordidos, había tantos monstruos come-carne a su alrededor que se peleaban entre ellos por coger la parte más grande para comer y mis progenitores fueron desmembrados mientras yo le tapaba los ojos a mi hermana, impidiendo así que viera aquella atrocidad, pero no que oyera los gritos de sufrimiento y terror de mis padres. Cogí a mi hermana en brazos y corrí con ella lejos de allí. No sabía cómo explicarle lo que había pasado porque ni yo misma podía creerlo. Siempre había pensado que mis padres morirían de viejos y todo ese rollo, y no siendo pasto de zombis. ¿Pero quién iba a pensar esa estupidez? ¿En qué cabeza cabría? Decidí volver días después y todavía me arrepiento de ello. No había nadie. No había rastro de mis padres, sólo la casa vacía, destartalada, y el viejo fusil del abuelo tirado en el suelo. Lo cogí y me lo colgué, y después entré en la casa con mi hermana tomándome de la mano. Acosté a mi hermana en su cama y me fui a duchar, pero cuando estaba saliendo, recibí un grito estremecedor. Era de mi hermana. Corrí escaleras abajo hasta llegar a la cocina. Había un muerto andante allí y mi hermana estaba aterrorizada. Yo cogí un cuchillo de cocina y ordené a mi hermana que se tapara los ojos. Me atreví a acercarme a aquella cosa y le clavé el cuchillo en el corazón, y, después, en el cuello. Me llené de algo asqueroso, negro, pero el muerto estaba re-muerto, o algo así. Abracé a mi hermana y me la llevé al baño para lavarnos.

Y así empezó mi desgracia.

CAPÍTULO DOS

SUPERVIVENCIA

Les contaré una cosa, bueno, una de ellas, y es que, para sobrevivir ―si son tan idiotas como yo para decidir seguir viviendo― deambulando al estilo nómada, deben tener en cuenta sus necesidades y algunas cosas más. Lo primero que tienen que coger en caso de holocausto, catástrofe nuclear o invasión zombi es papel, mucho papel. Cuanto más puedas, mejor. Y no, no me refiero a papel de escribir sino a papel de culo y mocos.

Lo siguiente que deben tener en cuenta es que necesitarán un refugio. En un lugar en el que el objetivo es matar zombis ―que no tiene que ver con la supervivencia corriente como alimentarte, ir al baño o dormir—, todo se acaba, porque los que hacen la ropa no están por la labor y la ropa se rompe, ¿saben? Sobre todo cuando estás huyendo. La comida acaba agotándose o poniéndose mala y no se puede matar zombis con el estómago vacío.

Además, no podemos pedir ayuda a otros países porque la epidemia se convirtió en una pandemia mundial, aunque no sé exactamente cómo pasó.

La verdad es que si no llega a ser porque el “científico” que empezó todo esto fue el primero en convertirse en un muerto viviente y de los primeros en ser rematado, muchos se pelearían por quién tendría el gusto de matarlo con sus propias manos. Y, para serles franca, yo sería una de esas personas.

Encontrarse por la calle con otro ser humano, es decir, un no zombi, no es una razón para alegrarse. ¿Saben por qué? Pues sencillamente porque si ya tú solo traes problemas, imagínate si vas con alguien. Sí, ya, seguro que has leído que es mejor estar acompañado, en varios grupos, pero olvida eso. Es lo mejor que puedes hacer. En caso de holocausto zombi nunca, NUNCA te unas a alguien. Les daré las razones: los demás siempre mirarán por sí mismos, como deberías hacer tú, por lo que no puedes fiarte de ellos; si te ataca un zombi es más probable que salgan corriendo que intenten ayudarte; nadie lamentará tu muerte; siempre hay alguien que mete la pata y huir siempre es más complicado cuando estás ligado a más personas. Además, los recursos se acaban más pronto. Por eso, si encuentras a otra persona viva mírala como un enemigo, un rival. Seguramente estará buscando comida, igual que tú, seguramente fue el que se llevó el último paquete de leche del supermercado de la esquina al que fuiste para buscar el líquido lácteo y en el que te encontraste con que ya no quedaba. Seguramente te abandonará a la primera de cambio en caso de emergencia o peligro.

Otra cosa que deben saber y que probablemente ya habrán oído o visto es que deben golpear dos veces, o dispararle, o lo que sea, pero remátenlo o no se librarán de esas cosas. Dañar su cerebro también servirá. Bueno, ¿qué más podría contarles? Ah, sí, otra regla que seguro que ya sabrán, pero por si no es así, se la digo. ¿Saben qué es peor que un zombi? Un zombi en llamas. Así que ni se les ocurra intentar quemarlo, hagan lo que quieran, pero no usen fuego. A partir de aquí creo que se sabrán defender solos y si no, ya irán aprendiendo poco a poco conforme vayan leyendo.

Estoy ante un almacén y, como se suele decir, me voy a poner las botas, aunque ya las llevo puestas y son de cuero sintético, igual que la chaqueta que llevo puesta, negras ambas cosas. Este lugar no parece haber sido arrasado aún y no es un almacén normal y corriente, sino uno de armas. No es demasiado grande pero al menos encontraré balas para mi fusil. O eso espero.

Miro a mi alrededor y suspiro, este lugar es desolador. A veces me pregunto por qué sigo luchando contra algo que se ha extendido tanto, supongo que no quiero convertirme en un ser descerebrado y con el mono de comer cerebros, ni tampoco que se me coman las vísceras y me destrocen, es asqueroso pensarlo, imaginarme que me arrancan los órganos estando viva me parece algo horrible. Sacudo la cabeza y me meto en el almacén lentamente, alerta. Miro a todos lados, pero no veo nada sospechoso, tampoco oigo ruidos. Todo está en silencio. Sólo tengo que encontrar las balas, cosa que no será fácil. En este sitio las cosas no están colocadas siguiendo un orden concreto, así que no podré buscar con la ayuda de algún patrón. No habrá ningún cartel que diga “Balas de fusil M16”.

Joder, nunca pensé que algún día sabría algo sobre armas, antes no era capaz ni de recordar el nombre de la que me ha salvado la vida varias veces.

Avanzo por el almacén. Hay muchas cajas aquí, apiladas de mala manera, como si lo hubieran hecho con prisas. Sin duda a los encargados de este lugar no les apasionaba mucho su trabajo y seguramente el sueldo que les pagaban no les motivaba tampoco. Resoplo, ¿por qué me pongo a pensar en esas cosas tan inútiles y estúpidas? Hay algunas estanterías en las que veo armas que no recordaba haber visto ni siquiera por internet y otras que sí. No veo las balas ni cajitas con balas. Empiezo a desesperarme y me cuelgo el fusil un momento para abrir las cajas grandes en busca de munición.

Cuando en la cuarta caja diviso varias cajitas y veo unos cuantos cargadores que parecen del M16 siento un gran alivio, me apresuro a cogerlos y los meto en mi mochila. Veo un rifle semiautomático en una de las estanterías y tiene cajas de balas al lado, esto es un chollo que no voy a dejar pasar. Cojo las cajas de las balas, las meto en mi mochila y después intento coger el rifle, pero está atascado con algo, tiro de él haciendo fuerza y tratando de levantar la caja que está encima. Consigo sacarlo, pero algo suena por el otro lado. Mierda, he tirado otra caja que había por detrás.

Rápidamente me pongo alerta y miro si el rifle tiene balas, aunque lo dudo. No, no tiene. Oigo otro ruido, pero este no lo he provocado yo. Doy un respingo y camino rápidamente hasta el final del pasillo. Más allá hay una puerta pequeña de madera con cristal translúcido. Apunto hacia él con mi fusil y me mantengo más quieta que una estatua. Veo una sombra reflejarse a través del cristal y entonces la puerta se abre. Quito el seguro del fusil y dejo el dedo preparado para apretar el gatillo.

No es un zombi, es un hombre. Bueno, es un ser humano. Diría que el tipo tiene unos dieciocho o diecinueve años. Tiene el pelo rubio oscuro, pero no le distingo los ojos, en su cabeza reposan unas gafas de sol. Va vestido con vaqueros y una camisa a cuadros rojos y blancos de manga larga, lleva una barba de tres días mal afeitada, tiene unas deportivas y va armado con un bate, no lleva mochila. Su ropa me recuerda un poco a mí, salvo porque yo llevo una camiseta de manga hueca. A pesar de la distancia puedo apreciar que es bastante más alto que yo, aunque cualquiera puede medir más de metro y cincuenta y seis, pero sí se le ve alto.

Me mira, al fin se ha dado cuenta de que estoy aquí. Le veo respirar hondo, seguramente aliviado, aunque no debería estarlo porque, como dije antes, veo a los demás seres humanos como a otro enemigo más. Me estoy convirtiendo en algo desagradable que no habría imaginado nunca antes de lo ocurrido, porque a mí me gustaba ayudar a la gente, y si esta mierda termina sería una hipócrita si intentara reintegrarme en una sociedad a la que nunca intenté ayudar.

—Hola —me saluda con una voz grave, aunque no suena ronca como la mía después de llevar tanto tiempo sin hablar. No le respondo— ¿Hola?

Frunzo el ceño.

—Baja el arma, no soy un zombi.

«No me digas».

Lo ha dicho acercándose a mí. Hago un gesto que le indica que no se acerque más. Alza las manos dejando caer el bate al revés.

—Eh, oye, cálmate, ¿vale? No quiero hacerte daño, sólo quiero aprovisionarme un poco.

Frunzo aún más el ceño, ¿hacerme daño? No le dejaría hacerme daño, puede que antes fuera más debilucha, pero después de tener que luchar contra zombis me he vuelto más fuerte. ¿Qué le pasa a este imbécil?

—No te acerques más —mascullo con la voz ronca, como ya supuse. Ha sonado muy grave y he tenido que toser.

—Vaya, ya pensaba que eras muda —dice tratando de esbozar lo que parece una sonrisa. Ahora está frente a mí, aún con las manos levantadas—. Pareces estar sola, ¿no querrías compañía?

¿Pero qué coño está diciendo? Qué pervertido suena, joder. Y no, no quiero compañía, nunca me uniré a nadie. Le veo muy insistente, me está cabreando. Cuando da otro paso más suelto mi fusil, que cae y queda colgado, y después cojo el rifle que había dejado en el suelo, me levanto rápidamente y lo cojo por sorpresa, porque le doy de lleno con la culata en la cabeza. De la inercia da una vuelta sobre sí mismo y cae de bruces al suelo, inconsciente. Después me voy corriendo.

Soy una hija de puta por esto, pero no puedo romper mis propias reglas, si lo hago acabaré como uno de esos muertos vivientes.

Salgo rápidamente del almacén y me meto por un callejón. Joder, qué desierta está la calle, recuerdo que al principio las calles estaban infestadas de zombis y había que pasar por otro sitio.

Tengo sed, pero no voy a beber agua todavía, la sed no es insoportable y el agua se gasta enseguida. Ahora echo de menos el instituto. Sé que es lo típico, pero en serio, preferiría dar cinco horas seguidas de Mates que estar en esta situación. Miro a todos lados mientras vuelvo a mi refugio de hoy, que no está muy lejos realmente, pero con tanto zombi por ahí todo parece más alejado de lo que está.

—Hijos de puta… —murmuro, pasmada, cuando llego a mi refugio y veo que no están ni mi comida, ni mi manta, ni mi colchón, ni mi neceser. Me cago en la puta, menos mal que me llevé el agua y unas chocolatinas en la mochila. Han dejado mi radio a pilas, no les interesaba si no era un iPod, por lo que se ve. No me lo puedo creer, joder, ¿esto es el karma? Sacudo la cabeza, lo mejor es que no piense en tonterías y me ponga manos a la obra para recuperar lo que he perdido.

Cojo mi radio, la meto en mi mochila y suspiro. Entonces oigo un gruñido y mi corazón da un vuelco. Lo veo, ha entrado en mi refugio, es un médico zombi. Uy, se le acaba de caer el estetoscopio y tiene la bata manchada, de sangre humana y… zombi. Sí, tienen sangre, es eso negro que dije al principio que me salpicó cuando acuchillé al primer zombi al que rematé. Ese maldito cabrón…

Sacudo la cabeza, el médico zombi ha estado a punto de atraparme, tengo que dejar de ensimismarme de esta manera tan enfermiza. Me muevo hacia un lado para esquivarlo, menos mal que estos zombis se mueven despacio. Además, este tiene el tobillo roto y camina arrastrando el pie de lado. Es asqueroso… creo que nunca me acostumbraré a la visión de estos seres.

Mierda, no he cargado el fusil y el rifle tampoco tiene balas. ¿Cómo he podido ser tan despistada? ¡Ese maldito chico del almacén me ha puesto demasiado nerviosa! Salí del almacén con ambas armas sin munición, soy una estúpida.

Me alejo corriendo mientras me descuelgo la mochila de un lado y saco una caja sin mirar de qué es. Finalmente veo que es de balas de rifle. Abro la caja, cojo la cantidad de balas que lleva el rifle, guardo la caja como puedo y abro el rifle. Empiezo a meterle las balas y todo sin dejar de correr. Me permito el lujo de detenerme justo antes de meter la última bala. El zombi aún está algo lejos, pero no para de gruñir y eso me pone nerviosa. Lo malo de las armas de fuego es que el ruido de los disparos puede atraer a más zombis.

Apunto a su cabeza y disparo. Cae al suelo y ya no se volverá a levantar. Si tienes buena puntería y le disparas a la cabeza a un zombi, no tendrás que rematarlo. Es algo que he sabido a partir de la experiencia.

Respiro hondo y me alejo corriendo antes de que vengan más a “vengarle”. Me topo con un muro que no me deja ir a ningún sitio, pero no, no es el típico cliché de película, hay una escalera en la pared del edificio de al lado. Corro hacia ella y comienzo a subirla hasta llegar al tejado. Es una casa y el tejado es a dos aguas, pero tiene chimenea… ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Este será mi nuevo refugio. Aunque primero tengo que encontrar una cuerda, no voy a dormir en un tejado a riesgo de caerme, porque si no me mato por la caída seguro que el golpe hará que me maten los zombis por no poder moverme.

Miro hacia la calle para ver si hay algún muerto viviente cerca, pero no lo hay. Esta es otra de las ventajas de mi nuevo refugio, que tengo mucha visibilidad. Suerte que estamos en verano, porque si no… la mayor desventaja que he visto de momento es que si llueve o nieva no tengo techo.

Cargo por completo mis dos armas y vuelvo a bajar por la misma escalera, tendré que pensar en quitarla de algún modo cuando esté arriba, porque a lo mejor los zombis pueden trepar por ella… y no voy a pasar por eso. Respiro hondo antes de echarme a andar, espero no encontrarme con nadie otra vez… hacía demasiado tiempo que no me topaba con gente viva.

A lo mejor debería largarme de aquí, pero ni siquiera sé conducir… Creo que ese es el motivo principal por el que sigo en esta ciudad muerta. Vale, tal vez no debería preocuparme por no tener un trozo de papel plastificado que diga que sé conducir, pero no intento sobrevivir a unos muertos vivientes para luego matarme yo sola por estamparme con un coche. Y no confío ni confiaré en nadie para que me lleve.

Tengo que entrar en algún sitio para aprovisionarme de comida y agua, no encontraré reemplazo a todo lo que he perdido, pero al menos necesito lo básico para no desfallecer. También necesito una cuerda para atarme a la chimenea de ese tejado. Lo cierto es que no me he parado a pensar en qué ocurrirá cuando las provisiones se acaben y ya no quede comida que llevarse a la boca, pero francamente, puede que para entonces yo ya no esté aquí. Al menos no como alguien vivo.

Después de estar dos putas horas caminando he llegado a otro supermercado de la ciudad en el que todavía no he estado y, joder, ¡hay comida! Aún queda comida sin caducar. Lleno mi mochila con pan de molde, galletas, cereales y zumos. Los embutidos se fueron a la mierda enseguida en cuanto la electricidad dejó de funcionar, lo que me recuerda que debo conseguir una linterna también.

Joder, esto es como volver al principio, cuando no tenía nada y me las tuve que apañar para conseguir lo necesario para sobrevivir, sólo que ahora es más complicado. Me voy a cagar en los cabrones que me robaron, como averigüe alguna vez quién o quiénes fueron van a saber de lo que soy capaz. Ojalá se los coma un puto zombi.

Al salir del supermercado busco una ferretería, aunque miro todos los locales por si alguno vende cuerdas o linternas. En el supermercado cogí pilas justo antes de salir.

“El hogar de Madeleine” reza el rótulo que hay sobre el escaparate de una tienda. No conozco esta parte de la ciudad, así que tengo que intuir que por el nombre en este sitio venden objetos comunes de la casa. Podrían tener linternas.

Entro en la tienda en estado de alerta, esos zombis pueden estar por cualquier parte y este sitio es bastante pequeño, lo que lo convierte en una trampa realmente peligrosa. Al parecer no hay nadie. Y he encontrado una linterna. Genial, me han robado, pero me estoy recuperando muy rápido, estoy teniendo suerte. No hay karma que valga.

Salgo de la tienda y busco un sitio donde conseguir una jodida cuerda de una vez.

«Joder, no me lo creo, voy a llorar de la emoción», pienso. No he avanzado ni diez metros cuando he encontrado una tienda especializada en deportes. Está hecha una mierda, pero veo que tienen cuerdas en una de las estanterías y acudo allí como un zombi a la carne. Y por descuidarme un momento un zombi aparece a dos metros de mí y casi se me echa encima. Del susto he dado un salto hacia atrás, pero también le he disparado al pecho en lugar de a la cabeza, aunque al menos eso me ha hecho ganar espacio. Retrocedo hasta que mi espalda da con el mostrador mientras me cuelgo la cuerda al hombro, apunto y disparo.

Venga, a tomar por culo otra de esas cosas.

Salgo de la tienda y entonces veo cómo el karma me baila en la cara con un recochineo que te cagas. Joder, joder, joder. Hacía por lo menos un mes que no me encontraba con una horda. Y están por todas partes, ¡¿de dónde coño han salido?! Seguro que los ha atraído el ruido de los disparos.

«Corre, Joe. ¡Muévete, joder!».

Echo a correr de vuelta a mi refugio, disparando a los que están en el camino sin apuntar demasiado bien, sólo para apartarlos de mí.

No quiero llevarlos hasta la zona que frecuento, así que me desvío por unos callejones y después sigo corriendo hasta que los dejo atrás.

Joder, y pensar que hace tres meses no podía correr ni cien metros…

Después de otras dos horas consigo llegar a mi nuevo refugio, y menos mal, porque casi está anocheciendo. Subo las escaleras y rezo por que los zombis no sepan subir escaleras.

Lo primero que hago es atarme a la chimenea y después saco la radio, el pan de molde y las galletas. Vaya mierda de comida y aun así es como si estuviese en un banquete. Es horrible pasar hambre y sed cuando nunca me ha faltado de nada y encima tengo que estar en constante movimiento.

A menudo me enfado conmigo misma por no tener los ovarios de pegarme un tiro y dejar este mundo decrépito y oscuro.

Cuando termino de comer una poca ración de lo que tengo, apago la radio sin haber oído más que la estática. No hay señal hoy tampoco. Empiezo a odiar ese maldito ruido. Rescaté esta radio de mi casa antes de abandonarla para siempre y la enciendo cada noche a la espera de noticias. Quizás no es por la noche el mejor momento para hacerlo, pero algo me dice que no hay ninguna comunicación en ningún momento del día. Y empiezo a preguntarme si estoy anclada a una esperanza vacía. Quizá ni siquiera estén buscando una cura, quizá toda la gente está muerta y sólo quedamos un décimo de la población. A veces pienso que eso es ser demasiado optimista. A veces pienso que debo ayudar a que la población continúe con vida. Y entonces me recuerdo mis reglas. Pero ahora pienso en mis reglas y me acuerdo del chico del almacén y me siento culpable. Aunque también recuerdo que dijo que no iba a hacerme daño y eso me molesta, ¿por qué iba yo a temerle? Me dan más miedo los seres que buscan arrancarme la carne en un desesperado intento de saciar un hambre que al parecer nunca se acaba.

Él no podría hacerme daño, yo se lo hice a él. Y ese recuerdo es suficiente para dejar de sentirme mal y acostarme a dormir después de ajustarme bien a la chimenea.

· · · · ·

He dormido fatal. Y no tiene nada que ver con dormir en un tejado a pesar de que tenía colchón hasta ayer. Es que cada vez que me acuerdo del robo me hierve la sangre. Pero no, no tiene nada que ver con eso. Más bien han sido mis pesadillas. He soñado con ese gilipollas, maldito subconsciente. Ahora estoy preocupada, joder, todo porque lo dejé solo e indefenso en aquel sitio. Soy despreciable.

«Tengo que hacer algo», me digo a mí misma y recojo mis cosas para bajar de aquí e ir en su rescate. Sólo espero que siga vivo.

Mi mochila pesa más de lo normal, pero a esto sí que estoy acostumbrada, iba cargada de libros al instituto.

No tardo mucho en llegar al almacén, en el que aprovecho para coger más munición. Cuando me acerco al sitio donde lo dejé no hay ni rastro de él, ni sangre ni nada. Ni siquiera está su bate. ¿Y si se topó con zombis y huyó de ellos, llevándose su arma, pero lo acorralaron? Joder, la incertidumbre me abrasa por dentro. No corren los mejores tiempos para ser positiva.

Por la noche vuelvo a tener pesadillas.

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